En Mazatlan se verificó la desmembracion completa de la familia embarcada en el Manzanillo; hombres heróicos, corazones nobles, caballeros sacrificados á la idea del deber, caian como náufragos en una playa que pudieran llamar extraña, sin recursos, sin arrimo, sin otra espectativa que la de la persecucion y la miseria, y sin haber salvado otra cosa que la dignidad del hombre y las inspiraciones de la conciencia.
Vuelta la proa á San Francisco, alzadas las áncoras, viendo perderse en el horizonte las alturas de Mazatlan, como se extinguen las luces de un festin nocturno, se abatió sobre nuestras frentes la tristeza y seguimos al destino, oyendo el resoplar del vapor y sintiendo cimbrar bajo nuestras plantas el costillar del buque que cortaba impetuoso las olas.
La noche fué sombría; á deshora, D. Juanito, que se paseaba haciendo X por el salon, sin duda por el recio movimiento del buque, entonó una melodía de Shubert, acompañándose con el piano, tan tierna, tan hondamente sentida, que me pareció que habian encontrado acento todas las dolorosas amarguras, que hechas lágrimas estaban al desbordarse de mis ojos.
Llegó el momento de hacer formal conocimiento con la cocina americana.
Anúncianse las comidas con un instrumento especial que hace las veces de campana. Este instrumento es un disco de hoja de lata más grande, pero de la figura de un comal; á este disco, se golpea con un bolillo dejándolo resbalar vibrante, lo que produce estrepitosas notas; mejor dicho, una algarabía de ruidos encerrados en un solo ruido, de venirse el mundo abajo. Ese escándalo de hoja de lata, se llama gongo.
Un chino lo suspende por uno de sus lados, tomando por punto de partida la cocina, empuña el bolillo y echa á correr por todo el buque, subiendo y bajando escaleras y armando una algazara verdaderamente infernal.
La gula tiene culto especial en un buque; se toma té, se toma lonche, se come, se cena, se vuelve á tomar té y las quijadas pueden resolver el movimiento perpétuo con poquísimo esfuerzo.
La mesa está cubierta de platos y escudillas pequeñas con manjares, si es que tan lisonjero nombre puede darse á esas confecciones inventadas expresamente para martirio y sonrojo de los estómagos.
Maíces fresquecitos acabados de llegar de la milpa y á medio cocer, nadando en leche, con trozos de huevo empedernido, jitomates crudos que fungen, bien como frutas, bien como materia prima para ensalada, ramas colosales de ápio, erguidas sobre picheles y jarrones, tortillas de huevo que rociadas con melaza sirven de dulce, mantequilla que se mezcla indistintamente á las frutas, á las conservas y á las más repugnantes grasas, y unos pasteles de intestinos de calabaza mezclados con ruibarbo, capaces de resucitar á un muerto si se le pasa por la nariz.
Pero este es solo el pretexto; la verdadera confeccion de los manjares reside en el convoy, ó lo que se llama las angarillas ó aceiteras y sus adminículos.