La mesa albeando, jarrones con flores, jarras con gigantescas ramas de apio, unos panes sacados de trozos de masa cuadrada, como grandes zoquetes de madera.

Comimos alegremente: D. Lino me veia de reojo, porque me habia oido elogiar lo que me parece digno de elogio en los americanos. D. Lino es un carlista recalcitrante, bilioso, de ojos verdes, patilla gris, y un fruncimiento de labios que recrudece su palabra y hace incisivas sus malas razones.

—Instruccion pública, instruccion pública, decia D. Lino, que el sol así, que la luna asado, que esa yerba es lanzácea, y no conocen la O. Ginacio, hombre, retozo y manoteo, y unos angelitos como unos chivos, y unas niñas como gañanes.... y no es eso lo más, sino liebres corridas desde chiquitinas. ¿Union de los sexos? Como el diablo, hombre; cada escuela es una cena de negros.... Hombre, por la Santísima Vírgen esto es una condenacion!

Yo reia, y D. Lino queria comerme con los ojos; mis amigos le azuzaban llevándole la contra.

—El señor habla como adolorido: que le cuente á vd. su aventura con Lulú.

—Hombre, ese no es cuento de broma, replicó D. Lino; no creo que vdes. quieran que me dé cabezadas contra las paredes.

—Cuente vd.

—Cuente vd., repetimos á una voz.

—Pues, señor, yo soy viudo y con tres hijas, cristianas y educadas á mi modo, gracias á Dios! Vine á esta California ó Calinfierno á recoger unos cuartos de un tio minero.

Don Lino, ¿un paseito por Cliff-House?—D. Lino viene á su negocio y no pasea.—D. Lino, ¿una visitadita al Teatro de las Circasianas?—D. Lino no visita, y que esas doncellas se la pasen como puedan.