XVIII

Excursiones.—Prostitucion.—El juego.—Una escena de la vida íntima.

PARA nosotros que tenemos como frases características aquello de: ¿qué anda vd. haciendo?—Hombre, pasando el rato.—¿Qué es de la vida de vd.?—Ya vd. lo ve, vegetando.—¿Qué vino vd. á hacer por aquí?—A dar una vuelta, á matar el fastidio; para nosotros, que tan paladinamente confesamos el imperio del ocio, no se conciben esos tropeles de gente que van, vienen, suben, bajan, escriben en sus carteras, corren, se encaraman en el pescante de un coche, saltan á un tren y se escabullen en una embarcacion; no se conciben personas que vuelan unas en pos de otras á alcanzar el ómnibus que parte, y á asaltar el wagon que va corriendo: va uno como perdido entre gente que huye de un incendio ó á quien agita una conmocion popular. Si en una casa ruedan tercios, en la otra celebran un remate, y de otro edificio salen volando los que llevan noticias al barco que parte.

Se entra uno en un almacen, nadie se distrae, nadie saluda, á nadie importa lo que hacen los demás; se cuela uno en una tabaquería, enciende su cigarro, ve, inspecciona, y á nadie se le ocurre detenerlo ni despedirlo. De este modo, el ente sin ocupacion alguna, está como aislado y se le figura que le señalan con el dedo.

Pero con todo y todo, así vagaba yo entre la multitud, cuando me tomó del brazo mi apreciable amigo el Sr. Gaxiola, y me subió á su despacho, en un vuelo, porque á tanto equivale subir á cualquiera parte en elevador.

Tienen para un mexicano cierta novedad esos edificios en que los hombres hacen el despacho de sus negocios, independientes de toda familia y destinados ad hoc para asuntos.

Desde la calle, en los claros que hay de escalon á escalon, se leen letreros con los nombres y las profesiones ó negocios que tienen los varios departamentos.—Mad. Lilí, modista, núm. 14.—Mr. Raff, Atorney, núm. 18.—Mr. Thetti, dentista, núm. 9, etc.

El elevador va haciendo posas en cada piso, como un wagon en cada bocacalle, y salen y entran viajeros que es una gloria.

Por supuesto que no se ve ese letrado de gorra griega y bata, con la bordada chinela, que recibe pretensioso, con quien juega el faldero, carga al nene para conceptuarse de padre amoroso, ó le llaman de parte de la señorita, que está inquieta por las clientes buenas mozas; no distrae de los asuntos al capitalista salir al patio á ver los caballos de los chicos, ni al agente de negocios, las resistencias del párvulo para ir á la escuela; nada de eso, cada quien está en sus asuntos, y el número uno me lo tengo yo.