Subí, pues, con el Sr. Gaxiola á su despacho, que consta, como todos, del mostrador, el enverjado, la caja de fierro y los escritorios, y me dijo: esperaba á vd. porque almorzamos juntos.

Así fué: á dos pasos del despacho, en la calle de Montgomery, y sin grande apariencia, se encuentra uno de los más espléndidos restaurants de San Francisco: manjares exquisitos, riquísimos vinos, departamentos como relicarios de belleza.

Cada uno de los departamentos es aislado: consta de una pequeña sala de desahogo y del salon del comedor, lleno de espejos y cortinas.

Me esperaba una agradabilísima sorpresa: en el comedor estaban mis amigos Shleiden, Iberri, Andrade, Carrascosa y no sé cuántos más, que nos instalamos al entusiasta grito de “¡Viva México!” Se comió, se bebió, se cantó y nos mecimos en los recuerdos de la patria ausente.

—A propósito, Fidel, me dijo uno de los amigos, cuidado con los estudios de costumbres por esos desastrados barrios del norte de la capital, ó como si dijéramos: “Barbary Coast.”

—¡Cómo! replicó otro, ¿se ha atrevido vd. á penetrar por esos antros?

—Tengo gran curiosidad de verlos, dije yo; es mi costumbre en México: lo más que me ha costado es la diatriba de la gente gazmoña de la aristocracia de doublé y garbanzas, que es tan asustadiza como corrompida, y de los malquerientes que nunca faltan, y muchos de los cuales merecen un grillete, como San Antonio una vela.

—Pues por estos mundos es otra cosa; nadie se meterá con vd., porque el chisme, que es nuestro pan cotidiano por allá, tiene poca boga donde hay poca gente ociosa; pero en cuanto á peligros de otro género, es muy diferente.

—Hoy han disminuido mucho esos peligros; pero ántes, en esas encrucijadas que parten de la calle de Dupont, se enmarañan en el mercado chino, cuelgan y como que se escurren por Stockton y otros puntos, se anidaba todo lo que hay de más nauseabundo en el vicio y de deshonroso para la especie humana.

—Era imposible penetrar por esos barrios, aun de dia: las descripciones de la Cité, hechas por Victor Hugo y por Eugenio Sué; lo escrito en los Misterios de Lóndres, sobre aquellos prófugos del patíbulo; aquellos harapos, aquellas voces aguardientosas de mujeres; lujuria, miseria y putrefaccion sobre el vicio insolente, son sombras comparados con esto.