—Pues para que vd. vea, dijo el español, hasta dónde destruye los vínculos más sagrados el amor al dinero, voy á contar á vd. una de mis primeras y más hondas impresiones en los Estados-Unidos.
Visitaba con cierta intimidad, en uno de los Estados del Norte, una familia compuesta de cinco personas. El padre de la casa, agente de negocios; la mamá, frondosa y frescachona; dos hijas como dos perlas, Katy y Mary, y Jhon, jóven elegante, de los típicos del mundo elegante.
Tomábamos juntos el the todas las noches; el papá se iba al Club, en seguida, con sus amigos: una chica se acuartelaba con su novio en un extremo de la sala; la otra tocaba al piano con desgano; dos ó tres amigos leian sus periódicos, tendidos bocarriba sobre sus asientos.
La noche del suceso que voy á referir á vd., despues de tomar el the el papá en la mesa, sin mantel, con una pequeña servilleta blanca y encarnada y unos cuantos bizcochos, se sentó en cuclillas, dando la espalda á la chimenea que ardia.
Jhon estaba á poca distancia del papá, y el reflejo de la chimenea daba en sus lustrosos botines, cosidos en la pala con seda, haciendo curiosas labores.
—Rico calzado, dijo el papá, dirigiéndose á Jhon, y debe ser costoso.
—Muy costoso: yo lo sé, puesto que á mí solo me cuesta mi dinero.
—Es brusco el muchacho, nos hizo notar el papá.
—Oh! no, señor, es franco, dije yo.... mortificado de la respuesta, y queriendo borrar su impresion.