—El es así: gasta, dijo su padre; pero en la casa come desaforadamente, mortifica á sus hermanas, que todo se lo hacen de balde, y es insoportable con los criados.
—Como que no habrá vd. visto casa como esta, me dijo Jhon, ni mujeres más abandonadas, ni comida más detestable, ni criados más estúpidos.
—Eso tiene un remedio, hijo mio: el hotel. Vete por allá y serás servido á las mil maravillas.
Oia yo con infinito disgusto aquel diálogo, sin saber cómo cortarlo.
—Por supuesto, que si desde ahora me voy al hotel, figure vd.: por veinte reales, buenas piezas, excelente comida, baño, entrada libre. Queda vd. entendido, querido papá: me marcho al hotel.
Reinó profundo silencio despues de este diálogo: yo, sacando fuerzas de flaqueza, hablé de viajes, de modas, de teatros; pero suponia que estaban al hacer explosion los disgustos, que como negras nubes, estaban amontonadas en aquel sitio.
Jhon se acababa de poner los guantes, tiró de su cordoncillo del puño para sujetarlos, tomó su baston y su sombrero, y se despidió, tarareando alguna cancion entre dientes.
La mayor parte de las casas americanas tienen el porton á la calle, y una escalerilla que da á la banqueta: pisaba ésta Jhon, cuando el papá, desde el primer escalon, le decia:
—Jhon?