—Esa es una casa que anda.... acércate, me dijeron.
Y yo, con estupor, me acerqué. En efecto, venian varios trabajadores conduciendo una casa en forma, con todas sus cosas: la habian sacado de su quicio, y por medio de rodillos, cables y palancas, la trasladaban á otro lugar de la ciudad.
La casa era de tres pisos; pero lo que me sorprendió fué que en esos pisos habia gente, se veian las recámaras con unas criadas, y las camas hechas y en tren de no interrumpirse los quehaceres comunes.
—¡Esto es singular! singular! decia yo.
—Singular para vd.: aquí no hay cosa más comun.
—Pues mucho más le sorprenderia á vd., me decia otro amigo, lo que sucedió hace pocos dias en la calle de Washington. Un propietario queria aumentar su casa. Vió á uno de nuestros célebres ingenieros, y éste hizo de modo que independió un piso del otro, suspendiendo realmente en el aire una seccion de la casa: intercaló el nuevo piso y volvieron las cosas á su estado normal, sin que se hubiese desarreglado nada, ni interrumpido la familia sus costumbres: por ese estilo se verificó una ampliacion de terreno en la calle del Mercado.
—Es verdad que se trata de casas de palo; pero siempre tienen fierro y ladrillo, y el conjunto compone moles inmensas.
Yo seguí gran trecho viendo andar la casa y admirando la tranquilidad, mejor dicho, la indiferencia que mostraban en el interior de ella los habitantes.
Despues, en las colonias nacientes, en los caminos desiertos, me he encontrado verdaderas habitaciones y aun oficinas sobre carros, con sus rubros:—Gran Galería de Pinturas.—Fotografía.—Sastrería.—Dentista.