San Leandro y Alameda cuentan 80,000 almas en igual período, y hasta los lugares desiertos parecen preparados por génios invisibles para esperar y enriquecer á la humanidad desheredada.
Del Valle de Yosemita no hablo á vd., porque hace poco ha visto en mi compañía la descripcion del árbol monstruoso que tiene más de quinientos piés de altura; es decir, los más altos árboles de Chapultepec, no llegan á la tercera parte de la altura de ese gigante inverosímil.
Puede vd. asegurar, sin ser desmentido, que se conserva en ese valle, á raíz del suelo, el tronco de un árbol que es del tamaño de la parte alta del zócalo de la Plaza de Armas de México.
Por cierto que los americanos que derribaron ese árbol, queriendo dar idea de él á los pueblos del Este, usaron de un procedimiento que me pareció ingenioso.
Ahuecaron el tronco, dividieron la corteza y la encajonaron; despues la armaron y quedó un conjunto que daba idea perfecta del grueso del árbol.
Santa Bárbara sorprenderia á vd. con sus minerales de azogue. En su seno le halagarian las auras perfumadas de sus tierras calientes, y el naranjo le brindaria sus frutos de oro, bajo las tendidas hojas de sus exuberantes platanares.
En San Clemente hallaria minas de petróleo que compiten en riquezas con las de plata, y por último, en San Diego, veria realizado todo un Olimpo de deidades, porque es sacrilegio llamar mujeres á aquellas hermosuras.
A propósito, voy á relatar á vd. el romance de un viejo soldado presidial, que quiso dar idea del Monte Parnaso.
No se fije vd. ni en la rima ni en el giro del verso: es un romance tosco y descuidado como los primitivos de nuestro idioma, pero que da idea de aquellos hombres y de su manera de sentir. Oido á la copla:
El Monte Parnaso de Monterey Cal