Clarita estaba ufana con su presentacion, como con un gorrillo nuevo: me llenó de agasajos, me presentó á su novio, me dijo que le habia hablado mucho de mí M. Lestalier, y que estaba cierta, cuando le hablé en el wagon, que yo era el viejo Fidel, siempre amigo de las muchachas alegres y de las buenas mozas.
Esto explica su fácil amabilidad con mi persona, en el encuentro del wagon.
Aquella familia y aquella Clarita me dieron dias verdaderamente agradables.
En una de mis visitas á Clarita, la hallé á la entrada de la casa, frente al jardin, bajo el pórtico cubierto de enredaderas, blanqueando entre los huecos del cortinaje de yerba.
Vinieron á nosotros como aves parleras que buscan sus nidos, los recuerdos infantiles: me refirió Clarita sus dias de pobreza, y cómo debió su fortuna á una tia que tenia en gran veneracion, y de quien me contó la anécdota que van vdes. á saber:
“Como digo de mi tia, era una mujer de humilde nacimiento, robusta como un carretero irlandés y con un buen sentido que ya envidiarian más de cuatro gobernantes de naciones.
“La santa señora era viuda y solo me tenia á mí en el mundo; á mí que perdí á mis padres desde mi tierna infancia y quedé á sus expensas, porque ella era hermana de mi padre.
“Luchando á brazo partido con la miseria, se hundia su buque y ella sobrenadaba dejando media vida en la lucha.
“Algunos de los amigos más íntimos de mi tia, sumidos como ella en la desgracia, pensaron en alzar el vuelo, seducidos no sé por qué leyendas de ventura, y situarse en las inmediaciones de San Francisco California.