“Omito decir á vd. cuántos fueron los trabajos para disponer la partida, las despedidas y lágrimas de los viejos, el contento de los muchachos y lo romancesco que es lanzarse sin un cuarto á correr aventuras en tierras desconocidas.
“El terror á los peligros, la esperanza de la adquisicion de una fortuna y una posicion, los proyectos frustrados, las ilusiones deslumbradoras.
“Despues de establecidos en Oakland, y no sé al cabo de cuántas fatigas, mi tia hacia sus pequeños acopios de carne salada, y se contrató en una línea de vapores para hacer su tráfico á la Baja California y Guaymas.
“Parece que la estoy viendo con su gran falla de lienzo blanco, los rizos de sus canas saliendo sobre sus sienes, su pañolon de madraz, su burdo vestido negro y sus chinelas de gruesas suelas, como un marino. Ella era sin embargo fresca, derecha y hermosa.
“Su honradez, su comedimiento, y su desembarazo para servir en cuanto se ofrecia, la hicieron muy querida, especialmente del capitan, jóven americano, franco, alegre, valiente, liberal y comedido con las mujeres.
“Mi tia fué como la madre de aquella tripulacion: ella veia al capitan como á su hijo, y acrecia su fortuna, al punto de que ya Mme. Peplier conducia, no un barril de salazon, sino barriles, y se hallaba al frente de un tráfico respetable.
“Yo estaba, aunque niña, al frente de los trabajos de la casa.
“El capitalito de mi tia seria de unos 10,000 pesos: ella contrataba los cerdos, compraba semillas, regañaba, escribia y navegaba como un Nelson.
“Cuando nuestra fortuna parecia más propicia, cátese vd. que se va poniendo una línea de vapores y establece la competencia á la línea de M. Prittson, protector de mi tia.