—Ya estamos en la entrada de la bahía, me dijo Manuel; vea vd., forma horizonte, parece un mar interior; diga vd. francamente si tenia idea de un tumulto, de una aglomeracion de embarcaciones semejante; y en tal movimiento, ¿ve vd. esa isla asentada en el centro de la bahía?—Es la isla del Alcatráz.

Estos lienzos de roca que parecen precipitarse en el mar, por los que sin embargo hay caminos que culebrean de alto á bajo, son fortines y campamentos para las tropas. El lugar ó entrada por donde estamos pasando es Golden Gate (puerta de oro). Vea vd. entre esos promontorios de rocas ese palacio como volado sobre el mar: es Cliff House, casa pública de recreo magnífica: ¡qué balaustradas y qué espléndidos corredores! ¡y cuán concurrido de damas y caballeros! Al frente, en esos arrecifes, están los famosos leones marinos, que viven bajo la proteccion de la ciudad. Las falúas de la capitanía del puerto, del cuerpo de sanidad y del correo estaban abajo de nuestro buque, tambaleándose en las olas, multitud de negociantes, de agentes de periódicos, de amigos y curiosos se nos acercaban: numerosos botes proclamaban sus asientos y medios de trasporte, y por entre los viajeros circulaban en enjambres con sus tarjetas en las manos, personas que nos brindaban hospitalidad en hoteles, restaurants, casas de huéspedes y paraderos infinitos. El “Granada” avanzaba por un laberinto de buques sobre los que flotaban banderas de todos los pueblos del globo, se oian acentos en todos los idiomas conocidos, y se veian los trages variadísimos del chino, del danés, del ruso, del austriaco, del europeo y del americano.

Aturdian los mil ruidos, deslumbraba el sol reverberando en las olas inquietas, embriagaba la multitud.

Ibamos viendo como ascendiendo á las alturas las calles de la vasta ciudad, rozábamos multitud de corredores de madera que daban á inmensas galeras bajo las cuales habia coches, ómnibus y carros en número sorprendente: eran los muelles; en los claros que éstos dejaban, veíanse regados y amontonados tercios, maquinaria de fierro, madera en montañas y tragin de carga y de descarga.

En las posas que hacia nuestro buque ántes de acomodarse en su respectivo muelle, se hablaban los amigos, los esposos se decian ternezas, los niños desde los brazos de las madres tendian sus bracitos inquietos á los autores de sus dias.

Algunos, impacientes, tomando en sus manos una especie de morillo con muescas terminado en gancho (bichero), le afianzaban á la orilla del buque, trepaban de sorbete y paraguas por sus costados como una lagartija, y caian entre risas y lágrimas en los brazos de personas queridas.

De mis compañeros y de mí se habia apoderado un recaudador de viajeros y nos condujo al hotel Gaillard; hotelito para la gente de mediana fortuna, pero en el que se comia á la francesa, recomendacion poderosa para los que traiamos el estómago en un hilo á causa del plan ó sistema americano.

Rompiamos un mar de transeuntes y carruajes, nos deslumbraban por todas partes edificios magníficos de donde entraban y salian raudales de gentes bien vestidas, y venciendo cuestas y trepando alturas, llegamos al suspirado hotel y quedamos oficialmente instalados.

El hotel, como la mayor parte de las casas, está construido bajo el tema de buque.