Son grandes cajones de madera dentro de los cuales, y siempre bajo de techo, se superponen pisos de cuartos, comunicados por escaleras de caoba con escalones forrados de metal, los cuartos tienen ventanillas á la calle ó se alumbran con tragaluces de variadas formas. No se conoce lo que llamamos patio, y esto empuja á las gentes á la calle como temerosas de la asfixia.

Por lo demás, aunque nuestro hotel fluctúa entre la segunda y la tercera clase, no faltaban sus alfombras y su gas en los tránsitos, ni en los cuartos su cama matrimonial, sus cómodas con mármol, su tocador, su perchero y su mesilla exígua para escribir ó refrescar.

El comedor está situado en el primer piso que da á la calle, tiene sus mesillas como nuestros cafés, su mostrador tras el cual yacia como embutida la monumental directora de escena y un sirviente jorobado, de sesgos ojos azules, sarcástico y pacienzudo como un jefe de glosa del antiguo régimen.

Percheros en las paredes, avisos de teatros colgando acá y acullá, un espejo vergonzante, retratos de héroes ó bailarinas, ese era el comedor que se veia á la entrada y frente por frente de la cantina y despacho del hotel, en donde el Lager beer impera, los coptails abundan, verdeguea la yerbabuena y está tendido patiabierto el libro colosal en que los mismos viajeros inscriben su nombre al instalarse.

Hay sus mesillas para los bebedores sedentarios y su mesa de billar para que maten el fastidio los devotos del trago.

Al recomendar mi escaso equipo á un sirviente francés, de charlar inagotable, patilla de contrabandista y empaque de teniente de dragones enamorado, me dijo:

—Aquí no hay ladrones; no estamos en México.

Acababa de hacer esa reminiscencia de mi cara patria, cuando pasaba un compañero caritativo y supo acentuar con un puntapié tan á tiempo la frasecilla del francés, que jamás se borró de su memoria, conservando hácia mí, sin motivo alguno, especial antipatía.

Al frente de la ventana de mi cuarto está un hospital y templo chino, las bocacalles próximas dan á la opulentísima calle de Kearny, asciende la vista por un extremo hasta perderse en la altura silenciosa y poco poblada de la calle de Pine y desciende hasta emborucarse en el tropel de calles y vericuetos, que como que se atropellan buscando la orilla del mar.