Descansaba en la noche en mi cuarto, cuando en la esquina próxima brotó un desaguisado de tambora, tambores, trompetas, platillos y triángulos, que me conmovió como golpe eléctrico.
Asoméme á la ventana, fijé la vista y era una orquesta entre hachones, que alumbraban en carteles estupendos, danzarinas, negros, caballos, y no se cuántas figuras más, con el nombre de Circacianas.
Descendí para ver de cerca la gresca, la concurrencia se agolpaba al borde de una escalera que conducia á un subterráneo, que era un verdadero abismo de luz vivísima.
Sin más averiguacion, me descolgué por aquella escalera y me encontré en un saloncito pequeño, con su mostrador al rededor del cual, hervian fieltros y sorbetes, levitones y chaquetas de punto, y gente, ya con lo abigarrado del desórden y la dejadez, ya con cierta pulcritud, que certificaba el guante, la cadena del reloj y el bastoncillo pretencioso.
En los extremos de la salita hay dos entradas: una para el salon del espectáculo, la otra para los palcos. Yo nada de esto sabia, ni entendia palabra de lo que á mi alrededor se hablaba.
Fuí literalmente despojado de medio peso y me empujó suavemente uno de los empresarios á un corredor angosto y no muy alumbrado, que corre á la espalda de los palcos.
Entré á uno de esos palquitos cuyo techo casi tocaba con la mano. Son de reducido espacio, tienen hácia el salon una cortinita que se cierra y se abre discretamente.
En el palco, y guiados por un mismo impulso de curiosidad impertinente, se encontraban, Alfonso Lancaster, Pablo Ibarra y Manuel Alatorre, de la comitiva mexicana el primero; los otros dos, mexicanos, pero personas independientes, bien acomodadas, ligados á nosotros por sus afectos á Lancaster y el deseo de servirnos personalmente.
Mi contento fué extremo. Ellos estaban muy sérios viendo el salon. El tal salon está cubierto de bancas de madera pintada, sin más atavíos ni adminículos; es casi cuadrado, de techo bajo y ancho de extension. En el fondo se levanta sobre gruesos vigones un teatrito, tan escurrido y apocado, que se avergonzaria si se encontrase al frente de nuestros más humildes teatros caseros de casa de vecindad. Unos picos de gas pegados á la pared, un candilillo en el centro á cuarta parte de haber y una hilera de mecheros en el palco escénico, en que no se conoce la concha del apuntador: este es el salon.
En cuanto á la concurrencia, masculina en su inmensa mayoría, ya hemos visto algunos bosquejos á la entrada; pero con la luz del gas se ponian en relieve aquellas barbas amarillas como untadas de cera, aquellos cuellos largos y empedrados de poros escarlatas como el cuello de un guajolote, aquellos ojos pardos, pequeños y llenos de penetracion y de audacia, y aquellas concatenaciones de trapos de todas las formas, de todas las procedencias, de la ruina de todas las hechuras, salpicados con botones de vidrio, cadenas de acero, anillos de doublé y todos los caprichos de la mercería, y estos narigudos, cuellilargos y burdos personajes, envueltos en espesas nubes de tabaco de puro ó de pipa, que ponen la atmósfera de poderse cortar con un cuchillo.