—Me parece bien: en cambio, yo te he guardado una anédocta que me acaba de contar un paisano recien llegado de New-York, que ha acontecido á un mexicano, que en este momento estará en nuestra patria en paz y en gracia de Dios....

—Venga el cuento....

—Alto, hermano, dijo Francisco, será despues de visitar al Jorobado, tu favorito de la fonda; volveremos aquí y te ayudará á conciliar el sueño la relacion que sabrás por boca del testigo presencial, que quedó de volver á las tres de la tarde.

Comimos nuestra rutinaria alimentacion: la sopa con apio, los pescadillos de carton, los riñones cotidianos de gutta perca barnizados, el dulce de pintura de bermellon ó cosa muy parecida.

Cuando regresamos al cuarto, nos hallamos al paisano de holgado paletó, sorbete como de cantería, tremendas botas, guante de lana, baston como rama de árbol y dos ráfagas de bigote que parecian salir de sus narices y entrar en sus orejas, teniendo como en columpio su nariz, del tamaño de un muchachito desnudo volteado de espaldas.

Bramaba el paisano contra los yankees.

—¡Qué modales! decia. Cambian á la madre que los parió por un greenbak! Y las mujeres.... esas no son mujeres, son tenazas, son garfios.... no conozco pegamento más obstinado que esas arpías.... son alguaciles y guardas de resguardo....

Por tan fácil camino llegamos al cuento anunciado por Francisco, teniendo no obstante la discrecion de cambiar los nombres para no herir susceptibilidades.

—Venimos á los Estados-Unidos Lucio y yo, en comision de una riquísima casa de comercio, hace dos años. Nada nos faltaba, teniamos dinero, buenas relaciones, salud y juventud.

Nos soltamos por aquellas calles de New-York, como toros: los prácticos nos rodearon, los paisanos nos hicieron la corte, y á muy poco conociamos á todas las actrices, nos hombreábamos con los calaveras, recorriamos como nuestras casas las calles de Green y la 26, los cafés cantantes y el Restaurant de las Sultanas.