Teniamos nuestro peluquero servil, nuestro sastre condescendiente, nuestras modistas de confianza y nuestros valientes y endemoniados por amigos.

Al principio nos instalamos en un grande hotel, despues preferimos un cuarto independiente y comer á la carte, y por último, nos radicamos en una casa de huéspedes, que presentaba mil comodidades.

Se comia en familia, se nos proveyó de una llavecita para penetrar á todas horas de la noche en nuestro departamento y se nos presentó en el parlor á visitas de la casa, comme il faut, es decir, como las podiamos apetecer.

La familia hospedadora se componia de una señora aun no retirada á inválidos, un señor taciturno, gloton y más indiferente al parecer á la familia que cualquier huésped, y unas dos ó tres criadas, fortachonas, blancas y muy expertas en esto de cuidar solteros; esto, unido al perro dormilon y al gato travieso, eran el personal de la casa de huéspedes.

A los tres ó cuatro dias de instalados, me dijo Lucio:

—Chico, amores tenemos: la Ernestina se ha sonreido conmigo.... y mira, voy á la casa de mi maestro de inglés para que me traduzca esta carta....

Era una declaracion incendiaria.

En efecto, la niña hacia avances, se apoderó á la hora de la mesa del asiento cercano á Lucio.

—Julian, me dijo, la niña está flechada; ¿no oiste? le dije que cómo le habia yo de nombrar, y me dijo: My wif.

—¿Qué quiere decir eso?