En tres brincos subí á la calle de Dupont, con sus cuestas y hondonadas, sus arboledas, sus casitas provocativas, sus tarjas de metal en las puertas:—Mis Adeline.—Madamoisel Printemps.—Carlotita.—Lola,—y otros nombres de personas que saben saludar con un para servir á vd., que allá para los biencriados dicen que tiene mucho chiste.
Como lo esperaba, en medio del barullo inmenso del mercado chino, me encontré á mi policía, tieso como un pilar, esperándome impasible.
Me parece que indiqué cuando visité el barrio chino que el policía de que se trata es un cumplido caballero, que sirvió como coronel en el ejército invasor de México, que habla perfectamente castellano y que ha hecho especial estudio de las costumbres chinas.
Agreguen vdes. á todo esto, que M. M*** es de trato franco y alegre, y pocas veces me habrán visto en mejor compañía.
—Oll rihgt, me dijo al verme, á tres pasos tenemos uno de los grandes templos chinos.... perderá vd. poco tiempo.
—Se lo quitaré á vd., debia decir.... que mi sola ocupacion es perder tiempo; pero yo no veo, continué, entre estos balcones salientes y entre esas tupidas celosías, nada que indique un templo.
—Ni lo veria vd., si á eso se atuviese, aunque recorriera toda la ciudad: los templos están por dentro; por fuera son casas como todas.
—¿Lo mismo será en China?
—Allá es otra cosa; pero aquí tienen carácter muy provisional los templos, sin duda por las hostilidades de que son objeto los chinos, ó por la desconfianza que tienen de amalgamarse con la raza anglo-sajona.
—¿Y es una misma la secta ó religion dominante?