—Diré á vd., que por lo poco que he podido comprender en San Francisco, las sectas chinas de más prestigio son dos: la de Confucio y la de los Teonistas ó Buddistas; esta última es la que tiene más privanza.

—Me saca vd. de un error: yo creia que Confucio no tenia rival.

—Como es aceptado, en efecto, por muchos, como el divino maestro de los hombres, el mecanismo gubernativo está basado en sus máximas, y los sabios se dedican á la lectura de sus obras para comprender bien sus instituciones.

El Libro de los Ritos de los chinos, es, como si dijéramos, ley suprema aun para los discípulos de Budda ó del divino Lao-Tsze.

—Y vd., que habrá leido algo, dígame lo que sepa de la vida de Confucio.

—Si mal no recuerdo, continuó el coronel mi guía, Confucio nació el 19 de Junio, 551 años ántes de J. C., en la pequeña provincia de Lu; su nombre era Kong; pero sus discípulos y admiradores le llamaban Kong-fu-tzi, que significa maestro de los maestros, de cuyo nombre, latinizado por los misioneros jesuitas, viene el de Confucio.

Confucio no se dió jamás tono de sabio ni de gran filósofo; se contentaba con predicar su doctrina, sin armar campaña con alma viviente. El enseñó á los hombres el cómo debian vivir, y dejó el cuidado de morirse á cada cual, como negocio muy privado.

En sus obras no habla de Dios; pero en cuanto al hombre, le creia capaz de llegar al más alto grado de perfeccion moral é intelectual.

Sus obras tienen un carácter moral marcadísimo, y en mi juicio, son admirables sus doctrinas: recae todo sobre las relaciones: