—Aquí hacemos á vd. prisionero, dijo con excelente humor M. Collen. De frente, marchen!
Me despedí á toda prisa del coronel, mi guía, y seguí obediente la voz de mando.
Anduvimos no sé cuántas cuadras, dimos vuelta por callejones y vericuetos embarazados con carros, cajones vacíos y no sé cuántos despojos más, y nos detuvimos en una especie de bodega, toda travesaños y escaleras, cordeles de elevadores y signos de tragin extraordinario.
En uno de los lados de la bodega, formado de latas, habia un departamento dividido en dos secciones: en uno, gran caja de fierro, mostrador para contar dinero y grande aparato de escritorio; en el otro, mesas, sillas, bitoques, canillas y varios instrumentos de esos que extraen los vinos de los barriles, y que no recuerdo cómo se llaman, y no soy yo quien me he de estar diez minutos con la mano en la mejilla para atinar con el nombre.
Por negada que sea la persona, conoce con esas señas que se trata de empinar el codo.... Así era en efecto.... y para quitar dudas, el dueño, á nuestra entrada, nos recibió con sendas charolas repletas de copas, con vinos de todos colores y de todos los nombres conocidos.
Acogióse aquel recibimiento con regocijo, no porque hubiese copólogos en nuestra comitiva, sino por los sacerdotes de aquel templo, esto es, adeptos apasionados, de nariz escarlata, ojos llorosos y alegrones, franco reir y vientres prominentes.
Aquel era el jubileo de los vinos; la California del licor del Tokay al Jerez y al Chacoli; desde el Burdeos y el Champaña, hasta el Joanisbert y el Lacrimæ Christi. ¡Qué magnificencia de beberecua, como diria un pelado de mi tierra! Por supuesto todo era allí técnico: por aquí se hablaba del buen bouquet; por allí de que estaba muy cabeceado; más adelante de la preeminencia del Jerez; de la excelencia del Burdeos para las familias; de la virtud del Rhin, porque dizque no ataca al cerebro. Hicimos los honores á las copas, y nos dispusimos á visitar la riquísima fábrica.
Eran océanos, que no pipas ni tanques de vinos, colocados en secciones, los que nos iban enseñando, explicándonos peculiarmente cada elaboracion al pié del edificio, porque así podia llamarse cada una de aquellas tinas.
Entre los que se agregaron de la calle, sin saberse cómo, á nuestra comitiva, y se entraron con nosotros á la fábrica, iba un jóven de poco ménos de veinticinco años, blanco, robusto, sin ser obeso, de tez femenil, de hermosos ojos azules, de desordenado y delgado cabello rubio sobre la angosta frente.