—Hombre! ¿pues qué no ve vd. aquí que las mexicanas dan el tono de buen trato y delicadeza?
—Esas está ya americana, and habla yo de la casa de tu tiera....
—¿Y todos vdes. andan en dos piés? me dieron ganas de decirle.
La comitiva proseguia: íbamos por dilatadísimos subterráneos, alumbrados por gas; las paredes del subterráneo las componian grandes armazones llenos de cientos de miles de botellas.
—En tu tiera, me decia M. Foolisch, que este es su nombre, toda la lampara está ocota....
—Toda, le decia yo, y está bruta.... (me iba amoscando aquel maldito que se moria por mí).
Llegamos á un punto donde unos chinos estaban fabricando el Champaña: llegar los cascos, llenarlos, revolver el dedo en el vino del cuello, taparlo con unas maquinitas y volverlos al carro conductor, era obra de un instante.
—Dicen que todo lo suegro é suegra de tu tiera está como un pero de rabias.... ¿é por qué están robadoras las señoritas mecsicanas?
—Yo veo que vd. es incapaz de ofendernos; pero ni vd. conoce México, ni sabe lo que está diciendo, y le solté un espiche que lo dejé espantado.