—Señores, no hay que acalorarse, dijo el viejo, se trata de dos razas, de dos puntos de partida: el americano ama á su modo; nosotros al nuestro; no hay más ni ménos; son distintos los modos.
—La paloma arrulla, el perro retoza; el yankee calcula, nosotros nos vamos de bruces.
—Que hable Fidel!
Entónces yo, tomando la entonacion de Pedraza, que es la figura que más me gusta de cuantas recuerdo en materias oratorias, entre pretensioso y amable, dije:
—No nos cansemos: el americano, en general, se surte de novia; se procura una mujer, como un paraguas para la lluvia ó un capote para el frio: deja de llover y deja de nevar, y el chico no haya qué hacer del estorbo.
El mexicano solicita novia; ama el prólogo; los trámites le encantan.
El americano se ajusta, el mexicano ama.
Sale un caballerete de su almacen ó su taller, y en el Tívoli, en el teatro, en el baile público ó en la calle, hace su provision de muchacha; es por una hora, ó por un dia; beben alegres, bailan sin chistar y se agasajan mútuamente. El amor platónico les preocupa poco: hay incidentes.
En nosotros todo es drama.