Esther se dirigió á la casa de su padre.
—Vengo á decir á vd., le expuso, que Julio me quiere llevar á una casa indigna de nosotros, muy pobre.
—Oh! esa es tu cuenta.... dijo el padre.
—Yo he resistido, y me vengo á mi casa.
—Oh! tú irás con tu marido ó por tu lado; esa es tu cuenta.... Esta no es tu casa.
—La beldad no se dió por derrotada: se encerró en su cuarto del hotel á calcular, y se encontró con que tenia un obstáculo (¡un hijo!) que le impedia discurrir con libertad.
Nada más sencillo.... como proemio de sus planes, hizo desaparecer el obstáculo y quedó como soltera.
Entónces, exhumó sus correspondencias amorosas, pasó una especie de circular á sus antiguos pretendientes, y la tiene vd. instalada de nuevo en su 5.ª avenida, merced á la prodigalidad de un judío millonario, que fué el mejor postor.
—Eso es espantoso, exclamé yo.
—Será lo que vd. guste, me dijo D. Pedro; pero en esa foja arrancada del Album de la vida íntima, tiene vd. la facilidad de romper las relaciones más estrechas, los vínculos más sagrados, el horror á los niños y la subasta y el remate al martillo.