Pepa, que observó que el terreno en que nos estábamos colocando era muy resbaladizo, cambió de conversacion y me trajo su Album, empeñada en que escribiese en él cualquier cosa que no fuera séria.

La conversacion séria voló hecha girones, los concurrentes se rodearon del piano y á mí me dejaron con el Album y un tintero en la mesita del centro de la sala.

Allí, al querer ó no, hilvané, en ménos que canta un gallo, unas coplas festivas, que por fortuna de mis lectores no recuerdo.

La circunstancia de ser víspera de partida, y la intimidad de mis relaciones con la estimable mamá de Pepita, hicieron pasable la improvisacion, que se hubiera calificado de llaneza, si no estuviera autorizada por la confianza y por la broma.


Al siguiente dia de esta entrevista me desprendí de todo compromiso para hacer en la mañana mi paseo solitario al Cementerio, ya que era preciso verlo todo.

Al Oeste de la ciudad, entre la árida playa y el Océano, en medio de un hervidero de caprichosas colinas, se levanta entre un grupo de pinos silenciosos, una gigantesca cruz rústica, recuerdo de los primeros misioneros españoles, propagadores de la civilizacion y el Evangelio, en aquellas remotas regiones.

La sombra del signo de la redencion se proyecta gigantesca con la luz vespertina, como para abrigar los restos queridos de aquellos que encendieron audaces la doctrina del Evangelio en aquellos dominios de la barbarie; y algo de religioso y de sublime hay en aquel triunfo de las conquistas del espiritu, frente al mar, representacion de lo eterno, y la playa, símbolo del principio y del fin de la vida.

Lone-Mountain es el nombre de la ciudad de los muertos, y sus blancas columnas y sus estatuas, sus cúpulas y campanarios, parecian cadáveres de edificios, en que en otro tiempo se habia refugiado la vida.