No sabemos por qué, si no es por seguir alguna vulgar imitacion del Este, se ha querido sustituir al nombre de Lon-Mountain el de Laurel-Hill, por mil títulos más adecuado.
Sea como fuere, posee el cementerio una grandeza imponente, la soledad y el silencio le revisten de extraña majestad.
Desde el pié de la cruz se distinguen, por una parte, las tendidas olas del Océano, y por el otro, el tumulto de casas de la ciudad, corriendo entre las arboledas de las calles, apiñándose en las azoteas, con sus puertas y ventanas como fisonomías, y extendiéndose en las plazas, abriendo campo como en espera de otra comitiva de edificios.
Entrando al cercado del cementerio, se ven anchas avenidas de árboles sombríos, calles regulares, tramos de césped y jardines esmeradamente cultivados, rodeando, ya monumentos, ya sencillos sepulcros en que parecen confiadas á las regiones desconocidas, las memorias de los que lloran en este suelo.
Templetes, arcos, bóvedas de granito y de mármol, proclamando la opulencia, cruces de piedra denunciando la miseria: tambien allí se ve la desigualdad en la cubierta del polvo.
Recorria las inscripciones, muchas sin entenderlas, como si yo fuese instrumento del castigo de la vanidad mundana, como si tambien en la muerte hubiese extranjería!
Una flor aislada y marchita, una corona comenzada á destruir por el tiempo, hablaban más alto á mi corazon que los esfuerzos que sin duda habia hecho el talento para protestar contra lo implacable de la nada.
Para un extranjero, para uno que viaja, un cementerio es la aparicion de la patria comun, es el aviso de que todos los caminos tienen un fin único, y de que el sueño eterno, lo mismo se concilia bajo todas las zonas del globo.... ¡Qué pequeño es el hombre! ¡qué miserable la existencia!
Todos los epitafios son lo mismo: la queja del bien perdido, la protesta contra lo imposible, el ahinco de defraudar al olvido una partícula de lo que tiene de desaparecer para siempre. ¿Pero por qué siente uno morirse más definitivamente en un país extranjero?
En la parte más elevada de Lon-Mountain hay un monumento de mármol erigido á una que fué persona muy estimable en California: por un lado del monumento se lee: “Mecánico;” por el otro: “Senador.” Ese epitafio tiene el mérito de que con dos palabras pinta á un yankee.