Desde cualquiera de las alturas que dominan toda la ciudad, las luces muestran en relieve sus accidentes, se marcan con cintas y firmamentos de llama, como que se tienden bajo nuestros piés; en los valles, los reverberos de luz, ó corren en caprichosas ráfagas, ó surgen salpicando las sombras entre los árboles y los grandes edificios, derramándose en las plazas y la orilla del mar.

Los carros y carruajes son en gran número, de todas formas y tamaños, comenzando desde la carretilla de mano, teniendo por sentado que no hay sér más resistente que el yankee para eso de llevar á cuestas una carga, y este tal vez es resultado de un sentimiento de dignidad, benéfico en alto grado, bajo todos sus aspectos, para un pueblo.

Apénas sale de la humilde fortuna un particular ó una familia, cuando aspira á tener un vogue, es decir, un cochecito de dos asientos, tirado por un caballo, con el que transita por todas partes y se hombrea con las personas más opulentas.

Pero hay más; el panadero, la lechera, la vendedora de verdura, el labriego más infeliz, aspiran á tener un carruaje; en él conduce su mercancía; pero á su familia tambien, que entra sin sentirlo por la puerta del trabajo, al goce de las comodidades sociales.

En los coches del sitio hay verdadera riqueza; son landós ó carretelas tirados por soberbios frisones, cubiertos con sus camisas y esmeradamente cuidados.

Frecuentemente el cochero es dueño del coche y viste elegantemente; su trage de paño fino, su sorbete, su reloj y sus guantes. Va en el pescante con las piernas envueltas en ricas pieles, y cuando deja el puesto de auriga, se introduce en un café, visita un banco ó se instala en un teatro, relacionándose á veces con lo que parece más encopetado de la sociedad. Los carruajes transitan á todas horas del dia y de la noche; pero ¡ay de aquel que no se ajusta con el cochero! porque ese será irremisiblemente su víctima. Por supuesto no han llegado al estupendo progreso de México, de limitar ese tráfico ni hacer una oficinita con un administrador y un regidor y alguaciles para los coches, no se cuidan de que tengan ó no tengan cordeles los carruajes, ni si los caballos son gordos ó flacos; dejan que el público que paga califique.

Y en esto de trenes, no me sorprendia su riqueza y compostura, porque en México habia visto muy buenos: me sorprendía el número. En México se cita el tren de Barron, el de Iturbe, el de Rubio, el de Mier, y otros cuatro ó cinco: en San Francisco hay tantos, que no se pueden particularizar ni colegir de ellos las fortunas de sus dueños. Lo mucho, lo vulgar en la opulencia, es lo que deslumbra y admira.

Los ferrocarriles pecuarios cruzan las principales calles, y llevan á distancia de cuatro y seis millas á los pasajeros, por el uniforme precio de cinco centavos.

Varias son las empresas de estos wagones, que compiten en comodidad y exactitud de servicio.

Los varios empresarios se combinan de modo, que los billetes de una carrera pueden servir para varias, pudiéndose comprar en junto, con ventajas como abonados.