Acaba su primera excursion el vendedor y á poco vuelve á pasar con su canasto de naranjas, peras, dulces y juguetes; en otro paseo ofrece las curiosidades de la localidad que se recorre.
Los libros y cuadernos los deja en los asientos.... despues recoge los que no se han vendido, y cobra.
Pero tanto éstos como los servidores, si bien no hablan sino pocas palabras, dan en cambio sendos puertazos, que aturden cuando se cierran y abren varias puertas á la vez.
Por la parte exterior de todos los carros, y saliente sobre las ruedas, hay una andadera ó pasadizo por donde transita la servidumbre, con tal desembarazo y rapidez, como si fueran en un corredor.
Corren, suben, bajan, se escurren, se acurrucan, se encaraman y se estacionan como unos zopilotes horas enteras, asidos á la rueda de que pende el garrote, en lo más alto de los trenes, con sus blusas cortas y sus cachuchas, cuyas viseras se ven á lo léjos como anchos picos de grandes pájaros.
El conjunto de la concurrencia que partió con nosotros era hermoso é iba alegre como á un paseo, en el carro de dormir que ocupaba la primera clase.
En lo alto del interior del carro veíanse, bien colocados, sombreros, neceseres, paraguas y bastones, y bajo los asientos, petaquillas manuables, sacos de noche, licoreros, botiquines, porta-ropas, neceseres de viaje y esos mil utilísimos adminículos del viajero, que están al alcance de todo el mundo en los Estados-Unidos, y donde se confeccionan con increible baratura.
Hay baúles desde veinte reales hasta cuarenta y cincuenta pesos, con cuanto se puede desear para un viajero, y lo mismo puede decirse de los artículos manuables.
El interior del carro, lleno de luz, presentaba un bello conjunto. Ladies con sus sombrerillos con flores y plumas, sus grandes sobretodos de nutria ó de paño, caballeros con paletós riquísimos de las mismas materias y sus cubiertas de dril para conservar siempre el aseo, y niños angelicales con increible gorrillos, encajes, sedas y pieles.