El previsivo M. Gland me invitó al carro de fumar, á que echásemos un trago por vía de abrigo contra la intemperie.

A cada cuarto de hora, á cada media hora, nos sorprendia una casita medio hundida en la nieve, ó grupos de chozas en que parecia imposible la vida, y allá volaba desde la plataforma del tren, una balija con correspondencia, y veiamos descolgarse el alambre telegráfico, vínculo poderoso de los hombres en la sublime comunicacion de sus espíritus.

Yo no perdia ocasion de manifestar á M. Gland mi asombro por el ferrocarril del Pacífico.

—Oh! me decia M. Gland, le han contado á vd. una puntita solamente: estos indios que vd. vió ayer, mansos, degradados como un toro que monta un muchacho, fueron tremendos enemigos del camino.

Ya amontonaban piedras enormes para descarrilar el wagon, precipitándose ellos en la avalanche de peñascos; ya sorprendian á los viajeros y entablaban sangrientas campañas, saltando como furias por esas quiebras; ya un indio en un descenso se abalanzaba al tren, rompia sus frenos y en espantoso remolino, locomotora, tren y pasajeros se hundian en los abismos; ya se proveian mañosos de pólvora, petróleo y brea con que untaban los árboles, y al pasar el tren por un peligroso desfiladero, el relámpago, la explosion, el incendio, detenian al reptil gigante.

La vez que sucedió eso se destacaba la locomotora en un mar de llamas, aullando como un monstruo en agonia; vaciló.... pero el goehed yankee le dió tremendo empuje, voló sobre el abismo de fuego con impetuosidad, los muros de llama se barrieron y cruzó el vapor.... que habia separado con su empuje el peligro y dejaba tras de sí la estupefaccion y el escarmiento.

Yo escuchaba todo esto como una leyenda, muy superior á las de las “Mil y una noches.” Me parecia aquel un país encantado, temia que á la hora ménos pensada se abriese la tierra, se desgajaran rocas y montañas, se partiesen los árboles, se hundiesen los muros y corriesen los hielos, dejando al descubierto una ciudad con sus catedrales, sus torres, sus palacios, sus rios, y saliendo de los troncos de los árboles y las abiertas rocas, damas y caballeros vestidos con primor, saludando la locomotora, que ya era un carro de oro cuya chimenea, trasformada en sitial de diamantes, sustentaba como respaldo á una divinidad que derramaba por donde quiera la vida y la felicidad de los mortales.

—No crea vd., me decia M. Gland, á quien algo participaba de mis sueños, los indios tienen tambien sus leyendas poéticas que vd. no desdeñaria si yo se las pudiese contar.

—Haga vd. un esfuerzo.