—En las luchas que han sostenido los indios en los fuertes, en las paces ajustadas y destruidas, no faltaron sus entrevistas poéticas.

Una jóven, hija de un jefe de tribu, garrida, airosa, soberbia, amazona de los desiertos, en sus encuentros con las caras pálidas, se enamoró de uno de ellos, oficial americano. En uno de los combates murió el oficial y fué sepultado en el lugar destinado á los blancos.

Desde entónces, en las noches de luna se veia descender de las montañas, aéreo y flotando las profusas crines, un caballo blanco, montado por una verdadera deidad.

El caballo se detenia cerca de las tumbas, y la jóven que lo montaba descendia y entonaba sobre la tumba del oficial muerto, cantos tan doloridos, que parecia que hacian gemir el viento y que se derretian de dolor los hielos.

Despues de algun tiempo, conducia casi un esqueleto el caballo de nieve.

La jóven, próxima á su muerte, llamó á su padre, le hizo confidente de su amor; pero le dijo que no guerrease con las caras pálidas, que eran las almas de sus antepasados que venian del Oeste; por último, rogó al jefe le diese sepultura en el panteon de los blancos, junto al amado de su corazon.

El jefe de la tribu cumplió las disposiciones de su hija, se hicieron solemnes honras á la hermosa india; el comandante de las fuerzas americanas se quitó sus guantes y los puso sobre la niña, para que en su travesia por los desiertos sin término, no la hiriese el frio. Así se selló la paz con la tribu india.

—Es sencilla, pero hermosa esa leyenda, Mr. Gland: ¿no sabe vd. otra?

—La va vd. á oir, me dijo.

Como he dicho á vd., continuó, los indios creen que despues de su muerte sus almas se dirigen al Oeste, sin duda conservando la tradicion de las primeras emigraciones de sus antepasados.