La agitación era inmensa: al tropel de las gentes, á los ecos de las músicas, como que se despertaba y salia de sus soledades el desierto. Era el gran jubileo de la confraternidad de los pueblos, las nupcias de los antípodas, la alianza santa de todos los hombres.

En aquel mar de gente que en oleadas llegaba á las orillas del camino, sobresalian lonas haciendo sombra, edificios portátiles, ómnibus, diligencias, guayines y carros como zozobrando en aquellos oleajes en que todos los ruidos brotaban entre todos los colores y se repercutian en todos los ecos.

El punto en que se iban á unir los caminos, dejaba ver un claro con los durmientes preparados y los rieles á un lado, para fijarse en el instante que el sol tocase en el zenit.

En San Francisco se habian reunido á las campanas, por medio de alambres telegráficos, los alambres con que se toca á fuego, poniéndose en conexión con el alambre principal, comunicando Baltimore, Filadelfia, Chicago y Cincinati, con el objeto de que en un solo instante llevase el rayo á pueblos lejanos la noticia de aquella gran victoria de la humanidad.

El sol estaba próximo á marcar el instante de la gran solemnidad; el presidente Stanford apareció representando al Ferrocarril Central; el H. M. Durand representaba el Ferrocarril de la Union, con el carácter de vice-presidente.

Millares de voces invocaron la asistencia divina al colocarse los últimos rieles: entónces se dejaron ver tres personajes, cada uno con un clavo en la mano: dos clavos de oro de California y la Arizona, uno de plata de la Nevada.

Vióse tambien á otro personaje con un martillo de plata, de que pendia un alambre unido al telégrafo.

A cierto momento surgieron de entre el concurso, por lados opuestos, dos hermosísimas locomotoras: el “Júpiter,” del Ferrocarril Central, y la “116” del Pacífico: vieron llegarse como dos paladines armados de punta en blanco.... como que hablaron, como que se estrecharon, mugiendo potentes.

Por fin brilló el sol, dando la gran señal del regocijo: se fijan los rieles, clamorean las máquinas, el mundo prorumpe en aclamaciones, y al primer martillazo dado por Stanford al clavo de oro, lleva el telégrafo la noticia á los más remotos pueblos, donde repite el entusiasmo, el himno de triunfo sobre el tiempo y la distancia.

Multitud de personas, subiéndose en las máquinas, tocaron sus copas y estallaron mil ¡vivas! corria el vino á torrentes, y nunca júbilo mayor fué más legítimo que el que despertó los ecos de estos desiertos y estremeció las eternas nieves de estas montañas......