Estábamos á corta distancia de Ogden, lugar en que termina el Ferrocarril Central y se cambian los trenes.

Las sombras caian sobre los llanos cubiertos de nieve.

Yo me retiré solitario al cuarto de fumar, y en el libro de mis apuntaciones dejé el recuerdo que sigue de la escena que tenia ante mis ojos:

CAMPOS DE NIEVE.


Ni una ave cruza los vientos,
Ni hay en la tierra una planta,
Blanco sudario de nieve
Cubre el valle y las montañas,
Donde osamentas remedan
Del árbol las secas ramas
Que en la nieve sobresalen,
Y que con esfuerzo se alzan
Como pidiendo socorro,
Porque míseras naufragan.
Cual cadáveres parecen
De edificios, las cabañas,
Con los postigos cerrados
De sus amarillas tablas.
Esas mansiones parecen
O de muertos, ó de estatuas,
Porque casi es imposible
Que cruce la voz humana.
¡Oh y cuán pérfida la nieve
Nuestras miradas encanta,
Miéntras que tristes sentimos
Hielo y muerte en nuestras almas!
Como una mujer hermosa
Que con sus pérfidas gracias,
Embelesa los sentidos
Miéntras traidora nos mata.
Ni hay arroyos que murmuren,
Ni aves amorosas cantan....
Se oye gemir á lo léjos....
Es el huracan que pasa
Como huyendo del demonio
De la muerte y de la nada....
¡Oh montes encantadores!
¡Oh verjeles de mi patria!

Fidel.

Marzo de 1877.

El personaje misterioso de bota fuerte y cabellos de oro siguió llamando mi atencion. Generalmente esperaba á que todo estuviese en profundo silencio y se deslizaba como una sombra al cuarto de fumar.

La noche que llegamos á Ogden brillaba la luna intermitente, cruzando por entre grupos de negras nubes, deslizándose despues entre leves celajes y volviéndose á hundir como en mansos y claros lagos de un extenso bosque.