—Yo lo diré, clamó un chico que era la piel de Barrabás. (Atención general). Le llevó tres piñoncitos: partió uno y fué sacando una camisa de hilo tan sutil y con tan lindos bordados, que tal parecia hecha por los ángeles: en estas, que parte otro piñoncito y que va sacando un manto real, como tejido de rayos de sol.

No pestañábamos: aquella relacion era maravillosa; se sentia dulce la boca escuchándola.

—¿Y qué tenia el tercer piñoncito? preguntamos interrumpiendo....

—Tenia, tenia, ¿digan qué tendria? acentuaba el triunfal muchacho.

—Tenia un pajarito que cantaba tan dulce y tan alegre, y abria sus alitas y hacia tales monerías, que asomó la risa á los labios del rey, y las hermanas rivales se creyeron perdidas.

—Caten vdes., continuó la Nana, que ese fué el regalo de la primera niña; ¿y la segunda?

—La segunda, ¿cómo se llamaba?

—Se llamaba la segunda, Granito de oro.

—Esa, ¿qué le llevó?

Lola que era una mozuela con unos ojazos negros como una vida y una frentaza como predicador, bullanguera y alborotadora como un fandango, dijo, haciéndose la gazmoña: