El tren continuó su marcha.... íbamos por un terreno en que la vegetacion, la vida, triunfaban de la nieve.... verdes pinos.... risueños trigales, el sol reflejando en los lagos, los ganados en la ladera del monte, los becerros atravesando en fuerza de carrera por el llano, espantados con los bufidos de la locomotora....
En el interior de la locomotora, todos hablábamos de Mormones.
Un viajero frances cautivó nuestra atencion, diciéndonos que él habia visitado la ciudad del Lago Salado. Casi todos nos agrupamos al rededor de su asiento, y él, con la mayor amabilidad y compostura, habló de esta manera:
“De Ogden hay ferrocarril hasta la ciudad de Lago Salado, y recorren esa distancia los pasajeros, en dos horas y media.
“Al camino lo hace muy pintoresco el hermoso lago que va á la derecha, con sus infinitas montañas al Oeste, que le sirven como de muro y se reflejan en sus cristalinas aguas, inversas, de una manera gigantesca y caprichosa.
“No existen peces en el lago, porque su agua es extremadamente salobre; pero sí patos de gran tamaño y color negro, que me sorprendió verlos allí, por la razon de que no tienen de qué alimentarse.
“Llegué á la ciudad á las ocho y media de la noche, habiendo salido de Ogden á las seis, y desde luego descansé en un elegante y bien servido hotel, situado en la calle principal de la ciudad.
“Era por este tiempo: hacia un frio que se sentia en los huesos; caia en copos tupidos la nieve é invadia las aceras hasta hacerlas intransitables.
“La costumbre es limpiar las aceras diariamente y amontonar, ó mejor dicho, formar murallas á sus orillas, de modo que se camina como por cañadas formadas, por las paredes de las casas de un lado, y por el otro, de la nieve. Cuando brilla el sol, aparece una ciudad encerrada en muros de cristal.
“Las calles son amplias y rectas, todas ellas con hileras de árboles por sus dos lados y una corriente de agua potable á su pié, en acueducto aseado y á propósito para que se surtan todas las casas de la ciudad.