Sucedíanse las tremendas nevadas: los altos picos de las Montañas Rocallosas, las tendidas llanuras á sus piés, las negras rocas, los impetuosos torrentes, la luz como despedazada sobre las peñas, y en las hondas cañadas formaban paisajes ásperos, sombríos, que sin embargo poseian cierta grandeza que me cautivaba.
Los viajeros, acurrucados en sus asientos ó hundidos en sus abrigos, dormitaban. M. Gland mismo, habia dejado de hablar.
Yo soñaba con los ojos abiertos, me parecia atravesar una region desconocida, como que esperaba que tierra, rieles y trenes, se hundiesen de repente, por una fundicion repentina del suelo, y seguir corriendo bajo tierra, bajo bóvedas iluminadas á la luz de rojas llamas, y que fuesen una sucesion de salones con caballeros y paladines, damas y dueñas, enanos y gigantes.... tan excéntrico, tan inesperado así era cuanto me rodeaba.
Saltando de su asiento y como si hubiese tenido aviso en medio de su sueño, volvióse á mí M. Gland, y me dijo:
—Chayene. ¿No ha oido vd. hablar de Chayene?
Chayene, continuó, es la más grande ciudad entre Ogden y Omaha; desde aquí se siente la influencia del Colorado, que está llamado á un gran porvenir.
Estamos, siguió alegremente M. Gland, sobre mantos de plata y oro: desde aquí hasta Omaha comienza la série de aventuras romancescas de los Apaches, Kayoways, Comanches, Arrapaos y Chayenes, de donde tomó su nombre esa gran ciudad que parece ir corriendo en los inmensos llanos, por el movimiento de nuestro carruaje.
En 1859, esto era desierto, tendido en inmensas llanuras.
Se anunció la corriente del camino, llegaron empacados y en su estado primitivo de fierros y tablas, iglesias, hoteles, almacenes, y al concluirse el desempaque, quedó una ciudad, como si se sacara de una cajita de juguetes.
Héla ahí, con sus acueductos y sus arboledas, sus edificios uniformes y sus grandes plazas.