En una de ellas, que tenia por muestra la estatua grotesca de un marino patilludo, de piernas abiertas, puro en boca; volteado cuello y sombrerillo con sendos listones, percibí un conjunto que me atrajo, porque trascendia á tierra de cristianos, como manojito de flores.
Un viejecillo de sombrero alto á la Pipelet, chupiturco de lienzo rayado y con más arrugas el pantalon tirando á blanco, que carrillos de vieja histérica, estaba repantigado en una butaca, con un párvulo panzudo en camison entre las rodillas; un gato y un perro dormitaban á distancia, desmintiendo aquello de “Como perros y gatos.”
Las paredes del estanquillo están tapizadas de anuncios: en el aparador del mostrador hay sus chácharas: bolsitas para tabaco, pipas, fósforos, tijeras para cortar las cabezas de los puros, mecheros, bolsas de budruz y atadillos de papel, para improvisaciones de cigarros.
La dama que despachaba en el interior del mostrador es nariguda, rígida, biliosa, con el peineton ladeado, un tápalo como colcha cruzado al pecho, y un purillo entre los labios, que la enseria y masculiniza lo que no es decible.
Entré al estanquillo de La Perla de las Antillas pidiendo cigarros de Cabañas, y soltando cien palabras más, para dar á conocer que era de casa, y al punto, de debajo del mostrador y tras de las vidrieras, asomaron caritas de ángeles de ojazos negros, boquitas de flor de granado y aquella endenidá de la raza española que me agarabata materialmente.
—¡Hola! hola! dijo la señora saliendo del mostrador y fijándose en mí.... Isabela!.... Paquita!.... Tula! (gritando) vengan vdes. acá. ¿Cuál es su gracia de vd.?
—Guillermo Prieto, servidor de vd.
—Oh! si no lo podrá decir.... ¿lo ven? el mismo empaque, la propia manera de reir.