El idioma, la religion, las costumbres, el recuerdo de la patria perdida, creó un ideal que embellecia México, fanatizando á sus hijos por él, creando patria en aquella trasformacion del suelo.
Las familias mexicanas, sin perder su fisonomía, se enlazaban con americanos, franceses, rusos y alemanes, y los hijos que nacian y nacen de esos enlaces, cobran un tipo especial; tienen culto por México, sus héroes, su idioma y costumbres, y visten como americanos, y comen como alemanes ó franceses, y se expancen y florecen al soplo vivificante de la libertad.
Este espectáculo ha formado contraste con las mezquindades económicas de nuestra patria, sus aduanas interiores, sus levas, su persecucion al capital, los odios de algunos militares contra todo lo que es razon y derecho, sus contribuciones excesivas, su desierto, sus malos caminos y sus ladrones.
Multitud de sinaloenses, sonorenses é individuos de la Baja California emigran dia á dia á California, donde el lujo, la seguridad y todos los goces, los esperan; y lo sorprendente es que esos hombres ansíen por volver á nuestra patria y se consideren como desterrados en aquel país que realmente suele servir á muchos de refugio.
Los hijos de estos mexicanos adoptan la leyenda de los poéticos sentimientos de sus padres; pero su idioma, su creencia, su trage y su espíritu son de California, haciéndose esfuerzo por tener afinidades con sus paisanos, que verdaderamente no admitirian como sus padres ni en su servidumbre.
De aquellos mexicanos distinguidísimos por su patriotismo, por sus talentos y por su caballerosidad, son los Sres. Gaxiolas, D. Guillermo Andrade, Shleidem, Loaiza, y otras familias como la de Cima y Concepcion Ramirez, Godoy, Gutte Lhose, Labiaga, José Carrascosa y otras muchas que nos colmaron de atenciones y empeñaron viva y profundamente mi gratitud.
De José Carrascosa quiero hacer mencion particular.
Hallábame mústio y cabizbajo en una casa, en espera de Gomez del Palacio que iba á un negocio particular.
Desconocido, en espantosa inopia, cuellicaido y mal pergeñado de vestido, esperaba en una pieza solitaria cercana al lugar en que hablaba mi amigo.
De repente paróse frente á mí un chico con una fisonomía rubicunda como un sol y alegre como un fandango.