Miéntras se daba parte al superintendente de nuestra llegada, descansamos en un salon calentado por una gran chimenea, al frente de la cual un gentleman en cuclillas y poniendo el reverso al fuego, apénas se apercibió de nuestra llegada.

Al entrar al salon nos presentaron un gran libro para que escribiésemos en él nuestros nombres, como es la costumbre.

El superintendente ó director del establecimiento es el capitan Lagrange, jóven robusto, desembarazado, rubio, de nariz roma y de amabilidad extrema.

Materialmente nos colocó el director nuestro guía en la locomotora de su voluntad, y comenzamos un viaje de huracan recorriendo la Casa de Moneda.

Imposible me será dejar aquí en claro mis impresiones recogidas al vuelo. Es un laberinto de salones inmensos, en los que el ruido ejercita todos los tonos, la máquina todas las actitudes, la ciencia todo su poder y el oro y la plata toda su fascinacion deslumbradora.

Volaba que no corria el inteligente conductor; seguíale el Sr. Iglesias, imponiéndose sesudo de sus explicaciones y yo las asgaba jadeando y á pedazos, entendiendo algo que me trasmitia el Sr. Godoy, lleno de deferencia y bondad para conmigo.

Va diciendo me hacia notar mi guía que siempre hay aquí gran depósito de plata y oro procedente del Oregon.

—Aunque está vd. mirando, continuaba el guía, tan multiplicadas operaciones, solo hay empleados en él ciento veinte hombres y sesenta mujeres.

Siempre corriendo, me decia al oido Sr. Godoy: