—Esas ladies, continuó mi buen guía, están haciendo el pulimento de los pesos; cada una tiene su balanza al frente y su lima en la mano: ¡qué silencio! ¡cuánta decencia y compostura!
—Aquí, me dijo deteniéndome Sr. Godoy, se cuenta. Vea vd.
En efecto, sobre un tablon dividido en pequeños carriles formados de rieles paralelos de laton, ví llover como al acaso una granizada de pesetas. Un empleado cernia el tablon, las pesetas se acomodaban como por sí mismas en los rieles, y en un abrir y cerrar de ojos, con exactitud infalible, se habian contado doscientos cincuenta pesos.
Existe en otras partes otro mecanismo para contar los pesos.
Es una especie de tolva en que se depositan los pesos. Estos caen sobre un plano inclinado dividido por rieles pequeños de laton y cerrados por una faja. Al caer se acomodan, se levanta la compuerta y se precipitan en un talego; así se cuentan en minutos miles de pesos.
La maquinita para contar monedas en otras partes, de cinco y diez centavos, tiene la hechura de un molinito de café, cuyos dientes tienen el hueco para contener la monedita; se llena de pequeñas monedas la taza, se agita el manubrio y caen contadas las monedas, señalándose la cantidad en una especie de reloj que está en el tornillo que afianza el manubrio.
—Entre vd. á esos pequeños cuartitos de fierro, me dijo mi guía.
Estaban casi oscuros; pero la luz del gas alumbró á nuestra entrada y me ví cercado de pilas de barras de plata y oro y algunas tortas de cobre, que reverberaban como espuma de oro salpicada de esmeraldas.
—Habrá aquí, me dijo mi guía, tres millones que están á disposicion del gobierno federal. El mes pasado dispuso de ocho millones.
Al decir esto iba descendiendo las escaleras mi guía, como arrebatado por una máquina de vapor, y nos detuvimos en el primer piso del edificio, en los grandes almacenes de leña y de todos los útiles de la negociacion.