Las bellas habitadoras de esas mansiones se exponen dia y noche en las ventanas de sus habitaciones, cuyo interior se percibe desde fuera.

Alfombras, espejos, candelabros, estatuas y el indispensable piano en perpétuo ejercicio, se distinguen en esos templos del ocio.

Las hermosas en las noches suelen estar á la puerta de su negociacion, vestidas de fantasía. Sultanas, sacerdotisas, griegas, amazonas, divinidades olímpicas, alternan en todos los idiomas, invitando al viajero á tomar descanso y encareciendo las grandes recomendaciones de los establecimientos.

En algunas casas las escalerillas que dan á la calle están llenas de jóvenes de deslumbradora hermosura, y se oyen de lo alto de los escalones todos los idiomas, como divertida parodia de la torre de Babel.

Inglesas, francesas, chinas, españolas, rusas, americanas, parecen con el destino único de alimentar el bien parecer y la sociabilidad, y en enjambres los viajeros acuden á hacerse cargo de esa instruccion al aire libre, competentemente encerrada por la policía en determinados límites.

Pero yo no sé: cuando entre nosotros se lanza una infeliz á esas distracciones, la miseria, el desengaño, algun móvil que se relaciona con misterios del corazon, son determinantes de su fatalidad. En lo poco que yo pude estudiar de estas desgraciadas, no es así: disponen de sus gracias como de una mercancía, se trata de su venta como un expendedor de licores ó de lienzos, el tráfico es en frio.... descarnado, calculado, se valúan los cambios.... y se lamenta ó se aplaude la alza y baja de la demanda, como al tratarse de la melaza ó del tabaco.

De este modo, en la joyería, en la fonda, en el hotel, en el baile, se sazona con la presencia de una hermosa el comercio, como si se tratara de conducir allí una caja de música ó una bombilla de cristal con pescados de colores.

Siguiendo las calles de Dupont y las de Jackson, se van viendo en las puertas los nombres de Miss Emma, Miss Virginia, Srita. Adela, para que no quede duda y para que no extravíe direccion aquel que suele recibir una tarjeta en medio de la calle.

En unas de esas quiebras de las calles Dupont y Jackson, residen las chinas.

Sabido es que las chinas de alguna distincion no ven la luz pública, y que las aventureras que han logrado fugarse del celeste imperio son de la peor ralea.