Se compone su vestido de un saco y una enagüilla. Tienen como zorongo y abultados bucles de cabello cerdoso y reluciente sobre las sienes.

De tez amarilla, chatas, de ojos en diagonal, que parecen arrancar desde la frente, boca grande y labios delgados, con pintura escarlata en los carrillos: esa es la china. No lleva sobre sí harapos, ni denuncian rasgones su mala fortuna; pero hay algo del ocre y de la cera de Campeche en su atmósfera, que repugna.

Por lo demas, la china es el sér más atrevido, más desvergonzado y repugnante de cuanto se puede imaginar.

Habita cuartitos sucios y desamueblados que constantemente están cerrados; pero tiene en su puerta unos boquetes cuadrados con su puertecilla constantemente abierta; por allí asoma la china su fisonomía aplastada y saca sus dientes teñidos de colorado, con una raíz que masca y le comunica ese color de sangre que repele.

Pero muchas chinas no se conforman con su encierro: se posan en el medio de la calle y se abalanzan al viajero, agarrándole del vestido; uno de nuestros amigos, entrado en años y circunspecto, dejó, parodiando á José, la solapa de su levita en descomunal batalla con una de esas paisanas de Confucio.

Leed lo que escribia en mi cartera el 2 de Febrero de 1877, y que pinta mis primeras impresiones en el Barrio Chino.

“Saliamos contentos algunos compañeros y yo de la fonda.

Los recuerdos de la patria, las evocaciones á la juventud, y el vino y el rompope, tenian alegres nuestros corazones y traiamos á las vueltas la historia antigua y moderna de México, la crónica escandalosa, las ilusiones perdidas y las esperanzas al perderse, cuando sin antecedente alguno, del modo más repentino y más inesperado, al doblar una calle, como por mágia, estábamos en China.

En las aceras van corriendo en giros encontrados dos raudales de hombres y mujeres, vestidos de una manera imperturbablemente uniforme. Amplio pantalon azul, calzado ó babuchas como chalupa, con la punta hácia arriba, y una franja blanca ántes de la suela, blusa azul hasta la rodilla y anchas mangas, largo y bien rasurado cuello, rapada mollera, con un islote de cabello espeso en el centro, de donde se desprenden para enroscarse en la propia cabeza ó flotar á la espalda, luengas trenzas de más de vara, con su mota de cordon ó seda en la punta. Esas trenzas se equivocan con la cola del mono, no sé por qué.

Las casas de tráfico, con pocas excepciones, están como amontonadas al ras de la calle, ó en hondos subterráneos húmedos, mal alumbrados, llenos de embarazos y suciedad.