Ya son fruterías con naranjas colosales, nueces de figura de riñones que saben á la vez á coco y á nuez: unas raíces de preparacion particular, que tiñen los dientes y la saliva de color de sangre, y en tiendas más elegantes, á la usanza americana, chucherías mil, de marfil, de ébano, de bambú y madera comun, con barnices deliciosos.

Joyas de oro, tejidos de seda con los matices y la levedad de los colores del íris, y pájaros desecados y pinturas que asombran por la perfeccion del trabajo.

Todo esto lo veiamos en una especie de tumulto, entre gritos como ladridos, y desesperándonos la algarabía de instrumentos en que el rechinar de la carreta y el tirabuzon, rozando con aspereza el corcho, nos habrian parecido arrullos de tórtola.

En medio de aquella balumba, en que perdia para mí toda su reputacion filarmónica el celeste imperio, alcé los ojos.

Los terrados, las flores, las personas, no ofrecen diferencia alguna con las pinturas que vemos, creyéndolas fantásticas, en tibores, biombos, cuadros y muebles chinos.

Son los balcones salientes y como encerradas sus puertas en cuadros ó jaulas formados por las celosías.

Lámparas con grandes borlas ó colgajos de seda carmesí los adornan, y flores importadas con especialidad del Japon las embellecen.

El lirio japonés, que es aquí muy comun, tiene sus tallos como la azucena, se conservan á la sombra, se desarrollan entre pedrezuelas que se humedecen y producen flores como de cera.

Los artefactos son muy variados y me producian extrañeza, aunque conocia algunos, desde los juguetes de los niños, hasta los trages de los mandarines y sacerdotes.

Para los niños hay trompos á los que se da cuerda, y al bailar se deshacen en variedad de trompitos de colores que bailan á la vez.