Hay caprichosos ejercicios de paciencia para combinar los colores y para vencer dificultades, como los nudos mágicos y el freno del gato.
La porcelana se ha docilitado entre los japoneses á un punto que parece imposible. Se enrosca, se escurre, se volatiliza casi, y al trasparentarse, revela colores ignorados á la simple vista.
La madera en sus barnices y su levedad, que la confunde con el carton, presenta mil bellezas.
Pescados que plagian á los naturales con perfeccion, y adornan charolas, azafates y platos, bandejas, picheles y tazas con flores y pájaros realzados, desesperacion del pincel, del bajo relieve y el buril, y partes en que parece se ha condensado la espuma para que en ella se realcen edificios, árboles, navíos, hombres, mujeres y niños.
Me llamó la atencion, entre mil cosas, la filigrana, emulando el cabello por su flexibilidad y sutileza en muchas joyas. Diré en este particular, para desahogo de mi orgullo, que mostré en una tienda unas mancuernas de filigrana que poseo, obra de mi querido amigo y compadre José Carrillo, que tiene su taller junto al núm. 30 de la calle de Ortega, y produjeron admiracion entre aquellos artistas, ofreciéndome por ellas alto precio.
Ví unos bastones de caña, ligerísimos como plumas, que encierran otros y otros que se desenvainan hasta prolongarlos de un modo increible.
Admiré barcos, jarrones y columnas de marfil como tela de huevo, llenos de paisajes deliciosos.
Por último, me extasié al frente de la cabeza de un pájaro hermoso, en cuyo pico, que tiene la figura del de la guacamaya, se esculpió un bajo relieve aprovechando las plumas y los accidentes de aquella cabeza, para producir un edificio fantástico en miniatura, de maravillosa perfeccion.
No habria salido jamás de aquel laberinto de primores, si no me hubieran conducido mis compañeros á la fuente del ruido incesante, que se oia por todas partes vibrar y repercutirse, producido por dos enormes círculos de metal, extension gigantesca de los platillos de nuestras músicas de viento, y que forman la boruca más aturdidora, sin dar tregua á la algazara un solo instante.
Estábamos en el teatro; apénas pude ver el recinto medio oscuro azuleando de chinos, fumando opio ó tabaco, con sus fieltros echados hácia atrás, dejando ver las pieles amarillas, las narices aplastadas, las bocas enormes, el conjunto pasguato y desgoznado. En México hay muchos que tienen caras de chinos.