Tiene dos pisos el restaurant. No daré cuenta del primero, porque estaba cuasi á oscuras. Nos instalamos en el segundo piso, que se iluminó convenientemente.

Las mesas son redondas, color de café oscuro, con ese barniz peculiar á los muebles chinos, que semeja al barniz de nuestras jícaras.

No usan sillas, sino unos banquillos, que cuando no están de servicio, se hacinan en un rincon.

En las paredes están como sobrepuestas celosías de madera con pinturas exquisitas, y sobre las puertas hay cornisas y goteras con labrados, que figuran frutas, flores y árboles de notable perfeccion.

Muebles, adornos, manteles y lámparas, todo es rigorosamente chino é importado de aquellas regiones.

En este particular es tan estricta la observancia de consumir todo del país, que muchos comestibles son chinos. Hay en almacenes hacinados patos que parecen cachuchas dobladas y que se inflan y ponen en venta: los cerdos llegan barnizados como de madera fina, como guitarras, y muchas frutas y legumbres empacadas.

Pedimos , que genuínamente se pronuncia Cham: tendió el sirviente el mantel y nos pusimos en tren de hacer la libacion Asiática.

Colocaron en la mesa panecillos y dulces: los panecillos del mismo sabor y figura que los que conocemos con el nombre de polvorones; uno de los dulces sabia á dátil, los otros tenian parentesco con las pinturas de aceite y los menjurjes de botica.

Colocó el doméstico frente á cada uno de los compañeros una pequeña tacita al ras del mantel, y á corta distancia una especie de dulcera con su tapa. En aquella ánfora pusieron gran cantidad de hojas de thé y le vertieron encima agua hirviendo. La tapa de la tetera se desvía para dar salida al thé, que corrió á nuestras tazas perfumando el salon.

Alegrísimos se pusieron los chinos con nuestras señales de aprobacion, advirtiéndonos que aquella era la primera toma, que seguirian la segunda y la tercera, haciéndose más concentrada y aromática la bebida.