La parte exterior del templo puede dividirse en tres cuerpos: el primero, compuesto de grandes ventanas coronadas de respiradores ó tragaluces circulares de gran tamaño; el segundo lo compone una colosal arquería con vidrios de colores, como los tragaluces, pero de forma gótica los bastidores, y el tercer cuerpo, el techo en declive por ambos lados, como un caballete cercado de pilares de tamaño proporcional á la mole estupenda del edificio.

Al penetrar al templo nos hallamos casi á oscuras; la luz se modifica en sus rasgadas ventanas por los vidrios de colores, arabescos de exquisito primor en que el nácar, el azul y el naranjado, sobresalen y se combinan con deliciosa belleza.

El templo es como un gran salon; componen su techumbre grupos de bóvedas, recogidas como un cortinaje azul, sembrado de estrellas.

Sobre el pavimento de madera hay tres hileras de lujosas bancas, separadas por cómodos pasillos para que la concurrencia transite con holgura.

En las bancas, de madera fina, con muelles cojines, se encontraban con sus adornos variados, sus gorros, chales y mantillas, las hijas de Abigael y de Ruth, que son morenas, de ojos negros, nariz aguileña; en una palabra, de una hermosura que rinde el alma.

Los caballeros estaban sentados con sus sombreros puestos, lo mismo los niños; pero todos leyendo en el mayor silencio y guardando la más reverente compostura.

En el fondo del templo, de sobre el presbiterio arranca un arco gigantesco que casi toca el techo: en su clave está colocado el órgano, y á los lados, tras balaustrada riquísima, cantores y cantoras.

Debajo del órgano se desplega un segundo arco y penetra la vista en una especie de capilla interior, á cuya entrada cuelga una profusa cortina de color oscuro.