En el centro de la capilla se alza una especie de plataforma, á la que se asciende por dos amplias escaleras. En medio de la plataforma se ve un gran bulto de figura cilíndrica, cubierto de terciopelo carmesí.
A los dos lados del arco del presbiterio estaban dos hombres de pié con sus sombreros puestos.
En la barandilla que limita el presbiterio, que está en alto, se veia un gran atril y en él varios libros.
Frente al atril, y á uno de sus lados, se percibian dos sacerdotes; el uno leia, el otro escuchaba atento; ambos vestian ropas talares, percibiéndose sus camisas, corbatas y trages de caballeros. Cubrian sus cabezas unos como gorrillos griegos.
El sacerdote, que leia en hebreo, es de arrogante figura, como de treinta y cinco años, alto, blanco, de negra y espesa barba y de un metal de voz sonoro y dulcísimo.
Leia con gran fervor el Rabino ó Doctor de la ley y escuchaba el auditorio conmovido. A veces se ponia de pié el concurso y como que pasaba invisible sobre él el espíritu de Dios.
El aura recogia el acento melodioso del Rabino, y entónces, léjos, muy léjos, entre los rayos trémulos de aquella luz crepuscular, se oia una música de notas celestiales.
Fuese como acercando aquella música que descendia, como gotas de lluvia heridas por el sol, de regiones sublimes, y entónces, voces de arcángeles, que no de mujeres, se desataron en cantos dulcísimos empapados en ternura infinita.
El sacerdote que estaba de pié, al acercarse el canto, abrió sus labios y escuché la voz de barítono más grandiosa, más augusta y más tierna de que puede tener idea el sentimiento humano.