Era un idioma extraño, un canto que no tiene analogía con la música religiosa que prestó sus alas á mi espíritu cuando niño, y que sabe trasparentar la queja y el ruego; no, era el canto que nos conduce en la arrobacion del éxtasis, á las contemplaciones de lo infinito y de lo eterno.
Me sentí conmovido en lo más hondo de mi alma; fué aquella para mi espíritu una aparicion de la inmortalidad en su más esplendente seduccion.
La lectura, la deprecacion y el canto, se siguieron alternando entre los sacerdotes, el auditorio y las melodías en las alturas.
Unas hermosas judías que estaban frente á mí, lloraban, y se limpiaba sus ojos y su barba blanca un caballero que estaba á mi lado.
De pronto se rasgó el velo que oculta dentro de la capilla el Sancta Sanctorum: los torrentes de armonías del órgano descienden como en cascadas sonoras. En los cielos, en la tierra, en todas partes resuenan cánticos sagrados. El auditorio entero hacia vibrar como una sola voz el himno triunfal del Dios de Jacob.
Los sacerdotes ascendieron por las dos escaleras del fondo de la capilla que conducen al tabernáculo, y uno de ellos colocó en sus brazos el bulto forrado en terciopelo carmesí, de que hemos hablado.
Descendieron del tabernáculo los sacerdotes: lo que conducian eran las Tablas de la Ley.
“¡Aleluya! ¡Aleluya!” clamaba el acento henchido de acentos de la multitud, entre las vibraciones metálicas del órgano.
Se hizo ascender á un niño al presbiterio, repitiendo como una leccion la voz del sacerdote la lectura del Decálogo.