Moisés, los Profetas, los truenos y relámpagos del Sinaí, los tiempos bíblicos de la comunion íntima del hombre con su Dios, palpitaban, irradiaban en mi alma.
Al Dios de Sabahot, honor y gloria;
Cantemos su poder y su bondad, etc.,
repetia yo maquinalmente con la voz trémula y los ojos llenos de lágrimas.
He asistido á los templos cristianos y á los protestantes, he escuchado la voz de las catedrales y los cantos rústicos de la iglesia de la aldea ensalzando al Dios de mis padres; y jamás mi alma ha sentido una impresion más intensa, con ciencia más patente de la Divinidad, que la que me poseyó en la Sinagoga Emmanuel de California.
Fuí invitado y concurrí á otro templo en ciernes, dedicado á la Vírgen de Guadalupe, favorecido por las familias mexicanas.
En efecto, el domingo que yo asistí la concurrencia era numerosa. El templo es casi subterráneo, oficiaba el señor obispo de la Baja California, al que escuché una plática doctrinal dicha con pretenciosa prosopopeya y muy vacía de sentido.
El templo presenta el aspecto de cualquiera de nuestras parroquias de pueblo, con la sola diferencia de las hileras de bancas, lo que siempre da á la concurrencia cierto aspecto de formalidad y compostura, que una vez vista, se echa mucho de ménos en nuestras iglesias.
Aquella anciana oronda que hace plaza y ocupa los tránsitos; aquella madre de familia que se aplasta, recoge los sombreros de sus hijos y los deja retozar sin cuidado, distrayendo y molestando á los circunstantes; aquellos devotos que atraviesan como haciendo equilibrio para llegar al altar mayor, y aquellos sacristanes cuchicheadores, entrometidos y diestros para cruzar entre los ruedos de los túnicos y de las enaguas que tapizan el suelo; aquellos grupos de hombres recargados en las puertas, brujuleando y formando biombo á los que de rodillas ven á su espalda, eso no se conoce en ningun templo de aquí, por infeliz que sea.