—Nada más fácil: aquel caballero á quien presenté á vd. el otro dia con el carácter de mi consuegro, es el director del establecimiento.
—Espero recibir el favor de vd.
—Pierda vd. cuidado; envío á vd. el aviso dentro de dos ó tres dias, á la casa de la Sra. Belloc.
—Muchísimas gracias.
Era muy frecuente en mí, en mis paseos matutinos, dirigirme pian pianino á la plaza del mercado frances, y no obstante tenerlo delante de los ojos, y á pesar de que lo veia y lo reveia con la atencion que jaque experimentado examina el cuaco que le proponen en venta, sospechado de lacras ó malas mañas, no acababa, ni puedo bien á bien calcar el tipo, por más que aliso el portapluma de tanto revolverlo entre mis dedos, y por más que he aumentado con diez caritas, carritos y rúbricas de pluma el intrincado laberinto de rayas que tiene mi carpeta.... y aumento con todos mis alumbramientos difíciles, que por fortuna son pocos, en obsequio de la verdad; y lo curioso es que nada me parecia más fácil.
Constituye el mercado, el tráfico establecido en las calles de Dios, y en un cuadrilongo irregular embutido entre esas calles y el rio Mississippí, que ondea y como que invade el terreno de la Leveé para dar animacion al cuadro.
En el centro del gran recodo que hace la calle, ó mejor dicho, la continuidad de calles que á guisa de portillos, tiene avenidas por callejones y vericuetos para el barrio frances, se levantan tres inmensos jacalones que se apropian el nombre de mercado, y son de pilares de ladrillo, pavimento de losa y techos de pizarra.
Las aceras que forman fronteras al espacio en que están los jacalones, se hallan sombreadas por tendidos tejados, sobre banquetas no muy amplias, con puestos continuos de ropa hecha, mercería ordinaria, sombreros, zapatos, estampas, canastos, hilo, agujas y botones, platos y tazas, cristales, cubetas y escobas.
En el fondo, es decir, en las casas del edificio, hay tiendas, oscuros almacenes en que arde el gas, bar-rooms y cafés que son una temeridad, con figuras de esas tremebundas, abigarradas, de esas que solo vemos en los grabados en madera de las novelas patibularias.