Ascendimos á la segunda seccion, al departamento de las ancianas. Allí encontramos mayor esmero en los cuartos, más resignacion en los semblantes.

Las mujeres más jóvenes tendrian setenta años: aún alguna arreglaba su pañuelon; alguna andaba recta y sin auxilio de baston; pero fuimos penetrando en las piezas interiores, hasta llegar á limpísimos lechos, en que habia mujeres de ciento diez, y una de ciento veinte años.

Aquel espectáculo me espantó verdaderamente: mujeres casi perdida la conciencia del sér, custodiando su cadáver, sin oido, con la vista anublada, la voz débil, el movimiento torpe.... sobre los blancos lienzos del lecho marcándose las líneas delgadas del esqueleto espantoso.

Y aquel pugnar por levantar el cuello, sostenido, adherido por una tira de pergamino llamada cuello, al cráneo; y aquella falla carnavalesca, ironía terrible sobre la mal disimulada calavera.... Yo no pude soportar.... no pude.... me salí al comedor, y pegué un frentazo á uno de aquellos aparadores, presa de una profunda emocion.

¿Qué es la hermosura? ¿qué irrision de vida es esta en que su prolongacion es el escarmiento y como la expiacion? El polvo, la disolucion, pero el remedo de una inmortalidad de idiotismo, de impotencia. Esta infancia del cadáver.... es espantosa, mucho más espantosa que la muerte.

Me sacaron de mi profunda meditacion ancianas que llegaban al comedor en tropel, á recibir su colacion vespertina.

¡Qué fisonomías náufragas en mares de arrugas y frunzones! ¡qué partículas de dientes amarillos! ¡qué brazos como descoyuntados de la muñeca, con ramales de dedos hácia abajo! ¡y aquellas bocas deshuesadas, bolsudas, soplando una risa helada....! Ni el sueño del reo de muerte de Víctor Hugo; ni las brujas de Macbet de Shakspeare, nada ha sido para mí como aquello: la danza de la muerte, la orgía del esqueleto, la fuga de la tumba, la renuncia al no ser, el fraude al gusano.... Horrible....! horrible....!

Y lo más horrible es que ya no eran viejos y viejas: era la vejez; el yo mio, muriendo en efigie en el yo de aquellos; era una alucinacion en que yo desterrado, yo viejo y sin arrimo, me veia y me sentia en aquella espantosa huelga de los habitantes de los sepulcros.... ¡Los muertos tenian los ojos abiertos y remedaban imperfectamente á los vivos!

Salíme al corredor. La disposicion de mi ánimo me hacia ver de un modo injusto aquella institucion y aquellos mismos cuidados filiales de las hermanas.

Aunque no es absoluta la reclusion de los asilados, yo siempre creo que en la edad de la decrepitud, sobre todo, los cuidados de familia, la concurrencia, la comunicacion de los recuerdos, podia ser y debia ser el gran lenitivo de la decadencia; pero esa tertulia de osamentas, esa contemplacion recíproca de destruccion, esa sociedad de cadáveres, esa espectativa de muerte, debe ser horrible....