Interrumpiendo la monotonía de nuestras noches, fuimos invitados á la iglesia parroquial, al casamiento de una linda cubana con un jóven frances de una familia trabajadora y honrada.
La ceremonia se verificó á las siete de la noche, abiertas de par en par las puertas, y cuidando un personaje jocosério de casacon militar, sombrero de tres picos y desmesurado baston de grueso puño, á usanza de nuestros tambores mayores, á quien llamaban el Suizo.
La ceremonia se verificó conforme al rito católico: la novia vestia de encajes, con su velo blanco y su corona de azahares: desde la sacristía hasta la puerta de la iglesia formaron valla compacta amigos y curiosos, diciendo palabras lisonjeras á los novios á su tránsito, y haciendo votos por su felicidad.
Salimos de la iglesia y nos dirigimos á la calle Dumain, á la casa de la madrina, en que repicaba de contento el bodorrio.
El salon de la casa es extenso y estaba perfectamente iluminado; grandes sofaes, espejos colosales, soberbias alfombras, y sobre todos los adornos, los constitutivos de toda fiesta magnífica: luz, flores y mujeres.
La concurrencia era numerosa, la música alegraba los ánimos y disponia al placer.
Formábase la tertulia de cubanos y franceses casi en su totalidad, con una que otra excepcion.
En el corredor ó pasadizo interior que conduce de la calle á un pequeño, pero aseado y alegre patio, se tendieron asientos: en el patio se figuró un bonito salon de refresco y se hacia servicio abundante y perpétuo de licores exquisitos, helados, pasteles, sandwichs, carnes frias y cuanto podria contentar al más exigente gastrónomo.