Yo lamento como una verdadera desgracia la pérdida de una lindísima poesía dedicada á mis compañeros y á mí, y que se publicó en El Picayune con universal aplauso, como todo lo que sale de la pluma de Xarifa. Lo que es yo, no soy imparcial: la quiero mucho, la admiro y le vivo muy reconocido.

De una palabra en otra palabra, se encadenó la conversacion, como si todos forjaran, cada uno su anillo de oro, para hablar de la literatura habanera.

Resonó primero, en medio de nuestra profunda admiracion, nuestro Heredia.... nuestro, porque aunque la fortuna quiso darle su cuna en Cuba, nosotros le dimos templo á sus glorias y asilo á sus restos.

Milanes, Palma, y Plácido, tan esencialmente cubano como los palmares y los plátanos que sombrean la herida, pero hermosísima frente de la sultana favorita de las Antillas.

Hablando de esa constelacion que refleja su brillo en las aguas de Cuba, forzosamente mencionamos á Turla.

Turla debia morir á los dos ó tres dias de esta conversacion; su infortunio le engrandecia á nuestros ojos; la pobreza consagraba la frente augusta del mártir; á su alma la veiamos desprenderse luminosa de su antro de miseria, para incorporarse como una ola fulgente en el infinito de la eternidad.

Turla era hijo de un sastre; desde sus primeros años, su génio activo y soberbio protestó en favor de las libertades de sus compatriotas.

Ardiente amigo y admirador de Heredia, se complicó en sus trabajos revolucionarios, y vivia hacia cuarenta años desterrado en Orleans.