Y se hace polvo con la luz febea.

Y no arranca los ayes de mi labio

El injusto desden de la fortuna;

No la mano de hierro del destino

Abate de mi pecho la fiereza,

Ni me hace vacilar en mi camino

Con su exígua linterna la pobreza.

No: si tremenda maldicion estalla;

Si airado el sino con terror vibrante

Circunda cual serpiente mi cabeza,